La Buhardilla de Calixto

¿Cómo implicar a la escuela en la comunidad y la comunidad en la escuela? 

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7 minutos

El verano es un tiempo que permite rebuscar en los recuerdos, desempolvarlos y, en mi caso, compartirlos en esta escuálida buhardilla poco cuidada.

El verano de 2021 tuvimos la gran oportunidad de dirigir un curso de la UIMP: ¿Cómo implicar a la escuela en la comunidad y la comunidad en la escuela?. Un tema apasionante y por el que tanto llevamos luchando muchas personas durante muchos años. El curso se enmarcaba en la Semana de la educación dirigida por Xavier Bonal y nos brindó la oportunidad de presentar las conclusiones del trabajo al ministro de Universidades, Manuel Castell, y a la ministra de Educación, Pilar Alegría.

Coordinaciones cursos de la Semana de la Educación de la UIMP 2021

Un lujo que personas como Roser Batlle, Putxi Pires, Daniel Osias, Rafa Cofiño, Mireia Civis, Jordi Diáz-Gibson o Igone Arotegui ejercieran de estimuladores de pensamiento para crear un documento final que fue co-construido con todas las personas que participaron.

Aquí os lo dejo, que ustedes lo disfruten:

Nos encontramos ante un ejercicio por repensar, redefinir y co-construir desde enfoques diversos y proactivos una nueva realidad. Una realidad que se escape de lo que hemos venido diciendo y haciendo durante muchísimos años. Hemos de reconocer que seguimos construyendo  un mundo que en muchas ocasiones condena a muchísimas personas al sufrimiento. Un mundo poco transformador y conectado con la realidad. 

Todo ese esfuerzo de transformación y desarrollo que se está trazando para la educación de nuestro país desde el ministerio, es imposible sin una escuela que sea comunidad.  

Debemos reformular la pregunta que teníamos… la escuela es comunidad y la comunidad es escuela. Por tanto, la cuestión será ¿Cómo hacemos para que la escuela-comunidad sea posible? 

La educación debe estar conectada con el bien común. Es democracia y su ser debe ser democrático, abierto… es un proyecto comunitario. Conecta con la comunidad por que como decíamos, es comunidad.  

Y este hecho, este cambio de situación del alcance de lo que es la escuela,  potencia una cuestión clave en el proceso educativo: hacer más real la liberación y empoderamiento de las personas tanto a nivel individual como colectivo (dos planos que no pueden ser disociados).  

Esta escuela está más próxima de fortalecer el carácter socializador e incidir en el bienestar  y la salud de las personas. 

Esto tiene que ser así, ya que partimos de una línea roja infranqueable que son los derechos (humanos, infancia, constitucionales…) y tenemos una senda con un alto nivel de consenso, que son los Objetivos de Desarrollo Sostenible.  

Unos objetivos que señalan a la educación como palanca de transformación para vertebrar una sociedad más justa. 

Pero una palanca que necesita de muchas manos que ayuden a empujarla. Que necesitan de familias, alumnado, profesorado, sociedad civil, administraciones locales, profesionales… Ante un reto tan importante, debemos afinar toda nuestra acción para potenciar los ecosistemas comunitarios de aprendizaje. Ecosistemas que existen indiferentemente de nuestra acción o inacción, de nuestra apertura al contexto o nuestra mirada más endogámica. 

No partimos de cero. No estamos creando desde la nada. La lenta velocidad de respuesta que promueve la ordenación de los sistemas, lejos de transmitir desafección en muchas realidades, ha potenciado experiencias y desarrollos educativos que son ejemplo y luz en el reto que nos ocupa.  

Existen una gran diversidad de metodologías y enfoques que están al servicio del aprendizaje y el compromiso social (una conexión entre excelencia y equidad). Procesos que potencian un aprendizaje significativo y una interconexión con el barrio y el mundo. Experiencias como el aprendizaje servicio que hace más próxima esa reformulación de la escuela como una comunidad. Esto ya está ocurriendo, es imparable. 

Pero es necesario ajustar y avanzar en algunas cuestiones. 

Los centros educativos (desde el profesorado a la dirección) deben avanzar en el desarrollo de liderazgos servidores (mandar obedeciendo) y liderazgos facilitadores. El primero apela a la vocación de trabajo público, al empoderamiento de los demás en la construcción de lo común. A la conexión de la causa del centro con la realidad de la que forma parte. A prestar atención a lo que ocurre en el barrio y en el mundo.  

El segundo, requiere de un paso al frente en la incorporación de nuevas maneras de organizar la vida comunitaria de los centros educativos. De nada nos vale con incorporar metodologías y enfoques en el aula, si el centro no evoluciona en su manera de hacer y ser.  Debemos compartir responsabilidades y protagonismo, estimular la participación. 

Y levantando la vista de la realidad del aula y el centro, debemos descubrir la potencialidad de alianzas que existen en nuestros contextos. Se está demostrando que el tercer sector (entendiendo esto como sociedad civil organizada: ampas, vecindad, movimientos ecologistas, sociales, culturales…) contribuye a mejorar el bienestar socio-eco-educativo y emocional, la inclusión y la equidad en los contextos escolares. Son también agentes activos a la hora de ejercer un liderazgo en la comunidad para fortalecerla y empoderar el marco educativo.  

Hemos identificado muchas cuestiones que son clave para engrasar esa palanca de transformación que es la educación con una reconstrucción comunitaria. Pero hay dos que queremos ahora mismo destacar: 

La escucha y la formación. 

Sin escucha no hay diálogo. Sin diálogo no hay construcción. La comunidad es diversidad. La democracia es diversidad, es pluralidad. Debemos cultivar y practicar la escucha de, con y entre NNA, familias, profesorado… Esa comunicación, con canales abiertos de ida y vuelta, son clave para que toda esa diversidad de agentes y realidades que conforman una comunidad educativa se conozca, reconozca y trabaje de manera conjunta. Esta es la llave para abrir el pensamiento crítico y avanzar hacia una ciudadanía comprometida y activa. 

La formación (mensaje directo a Universidades, centros de formación de profesorado y a la  propia formación de cada centro educativo): se requiere de una apertura de la formación del profesorado que conecte con esas metodologías y estrategias necesarias para conectar aprendizaje y compromiso social, que encuentren en el trabajo colaborativo y la cooperación maneras de entrar más preparados y preparadas a la comunidad educativa. Una formación que viva el proceso educativo desde el alumnado, aula, centro y territorio.  

Frente a toda esta aproximación cuatro pinceladas sobre medidas, ideas, cosas concretas que pueden ayudar: 

  • Es necesario mapear, visibilizar y apoyar aquellas experiencias que ya están haciendo. Experiencias que pueden verse fortalecidas con apoyo específico bajo fórmulas como las comisiones de servicio. Experiencias que pueden ayudar desde la práctica a modelar ese tan ansiado “¿Cómo hacemos esto?”… una fórmula para ir avanzando en la institucionalización de este cambio. 
  • Se necesita de un diálogo activo, una coordinación efectiva con el horizonte propuesto de fondo, que permita que las distintas administraciones ejerzan con mayor eficiencia su tarea.  
  • Esta cultura comunitaria puede ser liderada desde distintos agentes. No es imprescindible que la administración sea el eje que lidera esto (haciendo) pero si debe estar, formar parte y facilitar. Es necesario (y asumir) la diversidad de roles para garantizar y llegar a donde no se suele llegar. La diversidad potencia, no debilita. La administración debe ser garante, lo comunitario debe ser flexible.   
  • Y por último: la construcción de políticas, planes, programas, proyectos deben tener reconocido el trabajo comunitario, el trabajo en red y la coordinación. Esto se consigue reconociendo tiempo para ello. Esto solo se consigue con recursos. Debemos institucionalizar la mirada comunitaria. La ley educativa debe apelar a toda la comunidad.  
Daniel Osias, Putxi Pires y Roser Batlle
Pilar Alegría, Ministra de Educación del Gobierno de España

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