Corría el año 1994. Peredilla era el lugar de encuentro de muchos niños, niñas y jóvenes del barrio durante el mes de julio. Las noches de campamento siempre eran una caja de sorpresas al servicio de nuestra creatividad y diversión. En eso se afanaban Pochi, Roberto, Tino, Paula, Mara, Marisol, Toni, Fernando, Gonzalo, Javi, Irene, Juan Carlos…
Una de esas noches tocaba hacer radio… «¿Hacer radio??? ¿Nosotros???… Para eso hay que saber mucho…» En un abrir y cerrar de ojos, todos y todas estábamos haciendo guiones, seleccionando música y preparando una programación muy especial.
Ese fue el primer coqueteo, a medio camino entre los doce y trece años, con un medio que me ha ido descubriendo con el paso del tiempo que tiene un potencial infinito. Tanto supone una herramienta de participación social, de estimulación de desarrollos competenciales o de generación de redes de colaboración. Un medio necesario, una excusa maravillosa para cultivar la expresión oral, la escritura o la capacidad organizativa. Una actividad que da cabida a una diversidad de intereses increíbles.
Ejemplos de esto… muchísimos. Nuestras ciudades se fueron moldeando a finales del siglo pasado por el ir y devenir de diales que sobrevolaban con mucho esfuerzo los tejados de nuestros edificios. Radios comunitarias, juveniles, piratas, culturales, alegales o como queramos llamarlas. Voces de jóvenes y no tan jóvenes, que encontraban en los estudios recubiertos de hueveras, un hábitat desde el cual lanzar mensajes o jugar a ser grandes locutores. Pequeñas construcciones autogestionadas que fuimos dejando morir con el inicio del nuevo Milenio. Por suerte existen pequeños reductos, como Radio Kras, que siguen abriendo su programación más allá de los márgenes comerciales para mantener vivo el poder popular y comunitario de la radio.
Frente a esa extinción, también surgieron nuevos frentes. Muchos centros educativos han encontrado en la radio una aliada para motivar, cultivar y fortalecer los procesos de aprendizaje de niños, niñas y jóvenes. Pequeñas resistencias que inundan las redes de podcast donde el alumnado se elige como protagonista. Y para muestra el trabajo que el profesorado, niños y niñas del Colegio Cervantes llevan haciendo meses: RADIO ESCOLAR CERVANTES
Ayer quise rememorar esos años de campamento y de Radio Oscura. Cuando compartíamos tiempo en una Calle de Nadie creando programas, maratones y parrillas.
Aprovechando las noches estivales, mis sobrinos Marc (de 8 años) y Alba (de 13 años), mi hijo Unai (de dos años) y un servidor, nos lanzamos a hacer un programilla. Una excusa para descubrirles que no hay nada imposible, que ese cosquilleo que se siente al ponerse frente a un micro, con un buen texto y trabajo, es algo maravilloso. Cables, micros, música, papeles escritos a lápiz… Y en una tarde, un podcast piloto creado por los cuatro.
Escuchándolo, miraba a mi sobrina recordando aquel 1994 tan lejano en el que a mi también me descubrieron este medio tan increíble… Pero eso ya es una decisión suya. Entre tanto, permitidme que comparta el resultado de su currazo.
Yo seguiré empujando para que siempre sean Días de radio.
Artículo publicado el 6 de agosto de 2020 en El Comercio.
La fragilidad y desconocimiento de nuestra realidad es tremenda. Hemos ido caminando durante muchos años con una decisión y un rumbo que ha ido dejando en la cuneta a muchas más personas de las que nos imaginamos. Un paso hacia un modelo de sociedad agotador, donde el consumo y la falta de cuidado, en muchas ocasiones, de lo colectivo, ha sido una tónica excesivamente presente. Y no satisfechos con esto, en un ejercicio de contorsionismo extremo, hemos ido generando un imaginario colectivo donde se culpabiliza y criminaliza a quien peor lo está pasando, a quien no es capaz de aguantar el intrépido y deshumanizado paso que llevamos. Somos tan frágiles que no nos damos cuenta que ese paso desenfrenado no lo soporta ni el propio planeta tierra.
Y esa realidad que arroja nuestra manera de ser y movernos tiene nombres y apellidos, tiene historias de vida detrás… tiene contextos que sitúan, a más personas de las que nos imaginamos y queremos reconocer, en un pasado, presente y futuro de vulnerabilidad, exclusión y/o pobreza. Para ser concretos, en Asturias, más de 200.000 personas. Personas sin hogar; personas que sobreviven en infraviviendas, barrios degradados o chabolas; personas que sufren situaciones de desprotección; o personas que ni tan siquiera reconocemos administrativamente que están aquí, huyendo para sobrevivir de situaciones que ni nos podemos llegar a imaginar.
Y ante esta realidad oculta, invisibilizada, llega un estado de alarma, una pandemia. Una de esas situaciones que nadie se imagina que puedan ocurrir, pero que ocurren. Una emergencia sanitaria, pero también social y económica. Un hecho que ha tensionado y puesto de manifiesto lo frágiles que somos, lo mucho que teníamos pendiente de hacer y todo lo que tenemos que cambiar, repensar y transformar en nuestra manera de estructurar nuestras políticas, modelos y sistemas sociales, de desarrollo y protección. T
Todo lo ocurrido a partir del 14 de marzo supuso una constatación de algo que desde la acción social y el tercer sector se lleva viviendo y denunciando: la desigualdad y fragilidad de nuestro sistema es latente. La declaración del estado de alarma presupuso una realidad donde no tenía cabida un porcentaje muy significativo de personas. Una realidad donde todo el mundo tenía casa para confinarse, donde todo el mundo tenía medios para comprar alimentación, donde todo el mundo tenía recursos y competencias tecnológicas y personales para sobrellevar un confinamiento que se extendió más de lo pensado y deseado.
Ante este mazazo de realidad que se iba destapando, una evidencia clara. La falta de desarrollo y valentía en el fortalecimiento de los sistemas sociales y educativos durante muchos años, carentes de mecanismos y enfoques proactivos, comunitarios y preventivos, nos hicieron a todos y todas colapsar. La atención a la urgencia que se debía dispensar desde una lógica más asistencial, tampoco contaba con los medios, coordinación y redes suficientes para dar cobertura y no abandonar a muchas personas y realidades a su suerte. Y así fue… el 14 de marzo dejábamos a mucha gente a su suerte.
Pero frente a esto hemos de destacar también pequeñas hogueras de esperanza. Nodos de resiliencia ante lo que se estaba viviendo, prendidos desde la preocupación, indignación y fuerza de personas muy diversas que han estado remando contracorriente durante todas estas semanas. Profesionales del sector social y educativo, voluntariado, asociaciones y fundaciones, redes de apoyo y ayuda, vecinos y vecinas, concejales y concejalas que desde la proximidad se han desvivido por cambiar y vencer un sistema que no les permitía atender todo lo que se estaba viviendo… esta vivencia desde los contextos de proximidad nos da un soplo de esperanza. Nos señala el camino y nos reconoce que en los momentos más complejos hemos sido capaces de dar un paso al frente en un intento de no dejar a nadie atrás y a su suerte.
Deseo que todo lo sufrido nos haya reabierto los ojos a la realidad que nos rodea. Por que sólo reconociendo la realidad, ésta se puede transformar. Y para ello necesitamos repensar y resituar a las personas en el centro de nuestra acción. Necesitamos sistemas que se adapten a las realidades. Sistemas transformadores.
Necesitamos dibujar un horizonte social que marque un nuevo destino y acomode su desarrollo para que todo el mundo pueda sentirse y formar parte de un proyecto colectivo para Asturias. Un nuevo caminar que no deje a nadie atrás, que sea generador de oportunidades y que revierta un tiempo donde lo asistencial prevalecía sobre los enfoques inclusivos, de derechos, preventivos y transformadores. Una hoja de ruta co-construida teniendo en cuenta todas las realidades, desde la participación social y comunitaria e interconectando y orientado todos los recursos existentes para luchar por una Asturias justa y digna para todos y todas.
La oportunidad que supone la implementación del Ingreso Mínimo Vital en nuestra región es irrepetible. La inversión social que durante todos estos años se estaba realizando entorno al salario social debe mantenerse. Debe servir para complementar el ingreso mínimo, para dar cabida a aquellas realidades que se queden fuera de cobertura, para dotar de más y mejores recursos a los mermados servicios sociales y para hacer realidad nuevas políticas sociales necesarias de implementar.
Es el momento de tomar decisiones y no deshumanizar esa “nueva normalidad” de la que tanto se habla… sólo espero que todos y todas seamos capaces de hacerlo. Si no, seguiremos alimentando la desigualdad y fragilidad.
En este ejercicio estival de recuperar textos, llega un artículo que publicó La Nueva España con motivo de su 25 aniversario en Gijón. Una oportunidad de repasar y reconocer el trabajo del diario y de parte del movimiento social de la ciudad.
CACEROLADA DE MUJERES EN UN ACTO REIVINDICATIVO MARCOS LEÓN
UN BRINDIS POR QUIENES DURANTE LAS DOS ÚLTIMAS DÉCADAS Y MEDIA HAN TRABAJADO CODO CON CODO POR CONSEGUIR UNA CIUDAD MÁS PARTICIPATIVA, JUSTA Y SOLIDARIA
Veinticinco años bien merecen una reflexión, sentarse en un banco, coger aire y mirar hacia atrás. No todos los días se puede celebrar una cifra tan mágica. Más, en un mundo tan rápido, tan de usar y tirar, que favorece tan poco la memoria y sentir desde el pensar y la convivencia. Que un medio de comunicación pueda celebrar sus bodas de plata es en sí mismo una de esas noticias bonitas de leer. Veinticinco años siendo voz de un Gijón que ha ido cambiando. Así que vaya por delante… Felicidades y gracias por resistir.
Retomo. Cuando paramos, podemos saborear en la inmensidad de nuestros recuerdos lo sentido y vivido. Podemos hacer memoria y no olvidar lo soñado. ¡Qué importante es recordar de dónde venimos para aprender y seguir haciendo camino con sosiego, decisión y justicia!
En ese mirar hacia nuestra ciudad parece fácil focalizar nuestra atención en cómo el urbanismo ha evolucionado, en cómo los barrios se fueron armando de infraestructuras para hacer más cercanas las cosas… quizás este mundo tan rápido del que hablaba nos ha educado en valorar las cosas por su forma, por su estética, por sus metros cuadrados. Se antoja más complejo ahondar en el alma de lo que fuimos y lo que somos. En resaltar las historias de quienes han luchado y trabajado por transformar una realidad que se tornaba injusta. En quienes durante estos últimos 25 años no se han sentado en un banco para ver cómo avanzaba nuestra ciudad. Personas que han visto en nuestros barrios una fuente de oportunidades para hacer que nuestro caminar no dejara atrás a nadie. Personas que han sabido que un continente sin contenido no tiene sentido.
Creo que si algo caracteriza la historia de nuestro municipio es esa proactividad que bebe del inconformismo de quien se levanta, se revuelve y abre un nuevo camino donde otras sólo ven problemas, dificultades, miedos… Utopías que se han ido convirtiendo en realidades. Personas, colectivos, entidades que siempre han soñado con un Gijón cada día más justo y solidario, que creen y crean una sociedad más participativa, social y humana.
Luchas sindicales, movimientos vecinales, asociaciones juveniles, entidades sociales… En un momento en el cual la convivencia parece romperse, contaminada por discursos intolerantes y poco amigos de la diversidad, le viene a uno a la mente cómo Gijón siempre ha sido un referente en la generación de respuestas a los contextos más vulnerables. Cómo Gijón, durante todos estos años, ha estado siempre con los pueblos más pisoteados por la intransigencia de un planeta finito habitado por unos intereses que nunca ven saciadas sus expectativas de crecimiento.
Veinticinco años son muchos. Durante los 90 cogían forma en nuestra ciudad multitud de iniciativas surgidas en los años 80 que se sumaban a crear “Una ciudad para todos”. (Reflexión: Algún día tocará analizar qué pasó entre el año 1987 y 1991. Años durante los cuales cogieron forma jurídica entidades como Proyecto Hombre, CISE, el Comité Ciudadano Anti-Sida, Albergue Covadonga, Asociación Gitana de Gijón y Siloé. Años donde las asociaciones de mujeres crearon el Consejo de Mujeres de Gijón… qué grandes añadas. Proyectos que se sumaban a instituciones como El Hogar de San José, la Agrupación Gijonesa de Caridad, Cáritas y Cruz Roja). Esos noventa eran para nuestros barrios lugares donde muchas personas jóvenes podíamos encontrar espacios donde hacer radio, talleres, actividades… espacios donde encontrarnos y crecer. Calle de Nadie, Burbús, Radio Kras, Junior, la Joc-a, Iniciativas Deportivo Culturales, Club Vanguardia, grupos scouts, torneos interparroquiales, campamentos… Lugares donde, sin ser muy conscientes de ello, empezábamos a fortalecer unas competencias colectivas ciudadanas que nos estaban preparando para mirar con otros ojos la realidad que nos rodeaba. Todo esto aderezado con una activa Escuela de Trabajo Social, el histórico trabajo del Ateneo Obrero, la Sociedad Cultural Gijonesa, o la Sociedad Cultural Gesto o la creación de espacios de encuentro y reflexión como el Grupo “Eleuterio Quintanilla”.
Fruto de ese trabajo voluntario de tantas personas jóvenes (y no tan jóvenes) nacían nuevos proyectos, nuevas iniciativas. Un Pachakuti anunciaba que era posible un SoldePaz en nuestra ciudad y más allá de ella. Las noches de Gijón empezaban a estar “Abiertas hasta el Amanecer”. O qué curioso que nuestra ciudad fuera estación de origen, tras subirnos a un tren que empezó a abrir los colegios fuera del horario escolar, de otro que clamaría años más tarde por la libertad de todas las mujeres movilizando a muchísimas personas con destino a la capital de reino.
Nuevas entidades sumaban esfuerzos en nuestra ciudad con el nuevo milenio: Fundación Secretariado Gitano, ACCEM, Fundación Emaús, Fundación Adsis, Fundación Amaranta… Otras personas se juntaban y daban forma a nuevos proyectos: Expoacción, Asociación Alambique, Colectivo Nacai, Identidad para Ellos y Ellas, Mar de Niebla, Asociación Cuantayá, La Xanda… Gijón seguía siendo con el paso de los años un lugar donde “Acoger ye natural” y donde siempre hay espacio y tiempo para retocar un poquito la realidad.
No obstante, toca lanzar un deseo. A pesar de tanto esfuerzo, a pesar de tanta solidaridad, necesitamos que no haya tantas personas sentadas en el banco. Necesitamos que nos levantemos, que conversemos, que compartamos. Necesitamos abrir los ojos y conocernos para reconocernos. Necesitamos pensar para no olvidar que es posible hacer las cosas de otra manera, que es posible construir un Gijón y un mundo más justo para con todos y todas. ¿A qué esperas?… ¿nos movemos?
Hace varios meses, cuando vivíamos en una antigua normalidad que dábamos por buena a pesar de todas las desigualdades que profesaba, tuve la oportunidad de compartir café con Javier Aymat en la estación de Atocha.
Una charla que hubiera podido durar días. Una oportunidad de compartir a través de la Plataforma de Voluntariado de España reflexiones, inquietudes…
En esta indefinida nueva normalidad, lo recogido en esa entrevista me parece muy pertinente.
“El voluntariado adapta el sistema a las personas y no al revés”
Héctor Colunga tiene un historial de activismo a la altura de su humildad y una capacidad de comunicar totalmente fuera de lo común. Hablar con él es recibir perla tras perla sobre las claves de cómo mejorar el mundo. Su meta básica es la igualdad a través, precisamente, de la aceptación de la diversidad. Por otro lado, Héctor lo mismo puede ser vicepresidente de EAPN Asturias, premio Princesa de Girona, director de Mar de Niebla que arremangarse como otra persona voluntaria más. Y eso da una perspectiva realmente impresionante que transmite con esta claridad… Publicado 3 octubre 2019
POR JAVIER AYMAT
¿Qué crees que se puede hacer para que la sociedad tome un papel de empoderamiento y se convierta en una ciudadanía más activa? Se tendrían que hacer muchas cosas. Lo primero, tomar conciencia de que la sociedad es capaz de hacer proyectos. Muchas veces a los partidos políticos, a las administraciones, a las entidades, e incluso a las propias personas, nos cuesta entender que tenemos la capacidad y el deber de mejorar las cosas.
Al fin y al cabo, sólo lo que hace la sociedad es lo que prevalece. Los cambios sólo se producen cuando la sociedad lo reclama, no cuando una sola persona, o grupo de personas, quiere que algo ocurra. Tiene que ser la masa social la que lo reclame. Para que la sociedad pueda actuar, se necesitan potenciar condiciones que la gente quiera pueda y sepa el cómo hacerlo. Muchas veces nos falta el procedimiento para fomentar esa acción.
Has dicho en alguna ocasión que aquello de “No nos representan” que enarbolaba el 15-M significaba que la gente no veía las puertas abiertas. Y esto lo enfocabas incluso referido a las propias entidades del Tercer Sector. ¿Cómo crees que están esas puertas ahora? Ese mensaje era, en principio, claramente dirigido a los gobiernos. Pero, por otra parte, la sociedad ha tenido que buscar un lugar más anárquico para protestar y proponer. Y eso quiere decir que antes las entidades no estábamos sintonizados con la realidad en la que la sociedad se movía.
Pasado un tiempo sí hemos sido más conscientes de esa realidad. Necesitamos que la sociedad se implique y para eso las entidades tenemos que ser más permeables a lo que venga de fuera a adentro.
Por una parte, no hay que tener miedo a que la gente proponga y haga, que las personas que participan en proyectos puedan crear sus propios procesos. Por la otra, las administraciones, que son las garantes de todo esto, también deben creer en ello y fortalecer a las entidades del Tercer Sector para que puedan existir. Porque muchas veces las administraciones empujan a las entidades a ser prestadoras de servicios.
A las administraciones les viene bien eso porque tienen a las entidades bien atadas y controladas. Y ahí pierdes un capital humano importante de organización y de participación social. Si las administraciones quieren realmente una sociedad proactiva, tienes que fortalecer a las entidades, dejar que haya gente que pueda dinamizarlas. Desde la propia administración se deberían prestar esos entornos de apoyo, no criminalizar el trabajo que se está haciendo.
En la Plataforma del Voluntariado nos estamos centrando en lo que el voluntariado puede aportar a las propias personas voluntarias con herramientas de certificación como Volplus. ¿Qué les dirías a las personas voluntarias que van a aprender en estos espacios de reunión? A mí me gusta ligar mucho el voluntariado con la acción transformadora. Estas personas están entrando en un entorno en la que se adquieren competencias colectivas.
El sistema educativo formal, incluso el laboral, intenta que las personas adquiramos competencias. Lo que ocurre es que vivimos en colectividad y estas competencias colectivas supone que haya un pegamento en la sociedad. Nos sitúa, nos contextualiza. Cuando una persona entra a echar una mano en un comedor social, o en una entidad de apoyo a personas con diversidad funcional, sale de su yo y se sitúa en un nosotros o nosotras muy diferente.
Eso activa el pensamiento crítico porque empiezas a ver cosas que no deberían ser así. Entiendes que hay una concatenación de cosas que hacen que una persona, por ejemplo, se vea obligada a migrar.
Por otro lado, si haces una acción concreta tipo operación bocata, operación kilo, recoger firmas para una campaña, te das cuenta que detrás de eso hay todo un trabajo colectivo. Además te das cuenta que hay un engranaje de roles y de personas que están con un objetivo común, que si se organizan bien te das cuenta de que la fuerza colectiva y colaborativa es mucho más fuerte que la individual. Eso aparte de crear una generación de arraigo, de pertenencia, de mirada comunitaria…
Aparte de la comparación con el aprendizaje tradicional ¿Crees que el aprendizaje en el voluntariado es cada vez más moldeable? En las organizaciones más grandes especialmente había un procedimiento muy rígido y eso está cambiando. Antes no te podías salir de los renglones. Ahora hay modelos mucho más permeables a la participación de la gente, a sus proposiciones, a lo que es la participación social realmente. Toda esa permeabilidad es la que consigue obtener todas esas competencias.
Y es lógico porque los sistemas se tienen que adaptar a nosotros, no nosotros a los sistemas. Y, en ese sentido, las entidades tenemos mucha más capacidad de adaptar los sistemas a las personas. De hecho, el voluntariado adapta el sistema a las personas y no al revés.
¿Y cómo ves que esta adaptación se puede reflejar en los problemas de igualdad? Pues, por ejemplo, en el sistema educativo hay que pasar por A B C D…
Pero hay gente que se cae en la A o en la B. Y muy pocos llegan a la D. Entonces se tiene que adaptar las personas al sistema o el sistema sacar partido de las potencialidades de las personas para, así, realmente vivir procesos de bienestar educativo. Un sistema rígido en el que las personas se tienen que adaptar a él siempre va a excluir a personas. Porque no todos somos iguales ni tenemos los mismos ritmos, ni las mismas capacidades. Hay que saber crecer en el aprendizaje y aprovechamiento de esa diversidad. Porque la diversidad es enriquecedora.
Eso es clave a la hora de las administraciones creen sistemas que realmente transformen. Esa es la manera de tener una sociedad inclusiva e igualitaria.
Por otro lado, hablando de esto mismo el otro con día Blanca Cañedo-Argüelles, responsable de la Fundación Mar de Niebla, nos decía que ser solidario no es sólo pagar impuestos. ¿Qué opinas de eso? Los impuestos no son un principio de solidaridad. Es un principio de justicia. El código postal marca mucho las oportunidades que va a tener una persona. Son líneas de salida muy diferente. Lo justo es equilibrar esos puntos de salida.
Una de las cosas más importantes que están pasando con el Tercer Sector es la mirada hacia la desigualdad. Cuando entendemos que eso influye en todo vas dándote cuenta que puedes cambiar modelos de consumo, relacionales y, así, cambias tu cultura y tu manera de ser. Y eso es mucho más que solidaridad. La solidaridad puede quedar una limosna o en un sentir que hay que cambiar socialmente, a niveles relacionales, de consumo, de no cargarnos el planeta etc…
Eso dentro de nuestras incoherencias porque no podemos ser perfectos pero lo importante son esos poco micro-cambios que provocan los grandes cambios sociales.
La visión de un mundo mejor has dicho en alguna ocasión que partió de tu propia casa. Allí te enseñaron a ayudar y colaborar ¿Crees que está ahí la semilla fundamental? Puede ser una de ellas. Yo vengo de un entorno humilde en la que me ha tocado bregar con cosas y en las que me han servido de modelo de referencia. En mi caso la semilla brotó pero podía haber sido que no. También puede brotar por un viaje que has hecho con unos amigos o por cuestiones que le han tocado vivir. Pueden potenciar o no una mirada.
Lo que importa es que puedan tener acceso a que eso pueda darse. Pueden ser por modelos que tengan en casa o en los entornos jornales o por la acción de la administración potenciando todas estas historias.
¿Qué importancia das a los ritmos para cambiar el mundo? En ese sentido, yo no puedo pretender cambiar el mundo mañana. Además si fuera así sería malo porque sería un poco lo de los políticos que dicen que esto tiene que ser como yo quiero que sea.
Si yo en el proceso de soñar no aprendo a hacer pequeñas cosas nunca voy a aprender el potencial que tengo. Es importante que personas que estamos en entidades primero generemos micro-experiencias, generemos pequeños laboratorios donde la gente va experimentando. Allí es donde se viven las escalas de aprendizaje.
Todas las teorías del cambio lo dicen. Los cambios no se producen en dos o tres años, se cocinan a fuego lento. No se puede ofrecer las bondades de la cocina saludable mientras en verdad estás dando una hamburguesa comida rápida.
¿El voluntariado, quizás, puede llegar un día a evitar males más que a funcionar de apagafuegos? Bueno, hay distintos tipos de voluntariado. Hay gente que se siente más realizada actuando en una acción directa interviniendo en contextos complejos. Otros actúan en contextos más de preventivos, de promoción, más de reivindicación.
El problema con el voluntariado es que a veces lo urgente nos desvía de lo importante. El problema con el voluntariado es que a veces lo urgente nos desvía de lo importante. Y como hay una limitación de recursos, lo urgente es lo primero que se atiende. Si hay un terremoto hay que intervenir pero también hay que tener recursos para que no vuelva a ocurrir. Eso en muchas ocasiones requiere de visión. Quien redistribuye los recursos tiene que tener esa visión para ir hacia los derechos, para ser más preventivo.
En voluntariado sí tenemos esa mentalidad de que, creando una campaña de sensibilización, estamos consiguiendo mucho. No sólo se trata de poner comida en un plato. Ambas son muy importantes pero tiene que a haber un equilibrio entre la atención a la urgencia, no siempre estar haciendo lo mismo.
¿Qué te parece que las figuras mediáticas participen en actos de voluntariado o que entidades financieras estén detrás este tipo de campañas? Las cosas no se pueden coger con papel de fumar. El mundo es complejo. No hay cosas cien por cien buenas ni malas. Puedes perseverar en tu coherencia viviendo en lo alto de una montaña y totalmente alejado de la realidad.
Hay entidades financieras que apoyan proyectos sociales y que, a la vez, alguien pueda decir: “¡Joder, es que también llevan a cabo desahucios!”. Pero lo importante es que, en el proceso, eso no te cambie a ti y no evite tus objetivos.
Siempre y cuando esos fondos lleguen a proyectos que tú estás construyendo con la idea de transformar, siempre que esas entidades no entren a decirte lo que puedes y no puedes hacer, creo que es una forma hábil para avanzar. Si no, no tenemos herramientas. Si hay una campaña apoyada por personalidades lo importante al final es que sume. Necesitamos sumar para poder multiplicar porque si no acabamos restando, dividiendo, rompiendo…
Si tú tienes claro el bien común vas hacia eso, aceptas el mundo como algo muy complejo, y no te desvían otros factores.
Muchas gracias Héctor, ha sido un placer escucharte… Sólo una curiosidad más ¿para cuándo un libro con todas estas ideas? (risas) Lo pensaré. La verdad que ahora no tengo tiempo. Tendría que reunir además muchos testimonios interesantes de muchas personas.
El otro día, inmerso en la tranquilidad del campo, rodeado de un cielo estrellado y del constante sonido de los grillos, contemplaba el huerto de mi suegro. Un terreno cuidado con mimo. Arado, sembrado, abonado, regado… muchas horas de dedicación para que de un trozo de tierra broten tomateras, berenjenas o melones. Un saber hacer que requiere de tiempo, constancia y dedicación. Amenazado constantemente por plagas, eventualidades climáticas…
Un trabajo del que nos beneficiamos todos y todas estos días en forma de ricas ensaladas, exquisitas sanfainas o jugosas y frescas frutas en los postres. Mi suegro sabe mejor que nadie que para conseguir un rico y sano plato se necesita mucho trabajo, mucha paciencia y un objetivo claro que le motive a trabajar día tras día. En su caso, proveer a la familia de ricos y naturales manjares, a la par que ocupar las horas de su jubilación con una actividad que le encanta. Y el sabe que para ello se debe invertir, se debe cuidar y se debe acompañar. Se requiere de intencionalidad.
Y pensaba en él y su constancia, y la contraponía con todo lo que está pasando y nos queda por hacer para avanzar hacia un modelo de políticas y desarrollo social que realmente transforme, empodere y sitúe a las personas en el centro de su ser y hacer. Una sociedad que venza la deshumanización que en ocasiones se observa.
Una difícil empresa. Difícil, por que hay mucho sobre lo que reflexionar, repensar y reorientar… y parece que nunca es el momento o tiempo para ello.
Y pensaba en estas cosas, por que los últimos días han sido especialmente complicados. El lunes 20 de julio se constataba un rumor que nos había llegado a muchas entidades y personas que estamos desarrollando proyectos en esto que se llama tercer sector de acción social. La Consejería de Bienestar y Derechos Sociales de Asturias no iba a convocar las líneas generales de subvenciones. Algo que no me imaginaba que pudiera pasar tras estos meses vividos.
Pero eso fue a las 12.30 de la mañana. Ese mismo día, me tocó comparecer en la Junta General del Principado de Asturias para hablar sobre la gestión de la crisis desde una perspectiva social y educativa. Ya es sabido y muy analizado el impacto sanitario y económico de la misma, pero la reflexión y valoración social siempre parece más compleja de situar en el candelero. Esto era una nueva ocasión de abrir un debate sobre todos los retos que tenemos por delante, sobre la vertebración de un modelo de sociedad que esté preparada para abordar el presente y futuro… tarea que requiere de mucho tiento, motivación y colaboración.
En esa comparecencia no me podía imaginar que se fuera a constatar lo que minutos más tardes el nuevo Director General de Servicios Sociales y Mayores nos trasladó en la mencionada reunión. Un espacio al que asistía una delegación de la Mesa del Tercer Sector de Asturias. No se iban a convocar las líneas generales de subvenciones de la Consejería destinadas a entidades sin ánimo de lucro. No voy a entrar a valorar el impacto más directo que tiene en entidades y proyectos, ya que desde la EAPN-as ya se ha publicado y explicado, pero si quiero detenerme en dos cuestiones:
Primera, las formas y momento en que se adopta una decisión de estas características
Segunda, como decisiones de este tipo evidencian lo lejos que estamos de entender la participación social, la innovación, la transformación y el fortalecimiento de modelos de proximidad que empujan en la construcción comunitaria.
La primera es obvia. Estamos en medio de una pandemia. Las entidades sociales, de manera generalizada, se han rearmado, reaccionado, atendido, movido y cubierto muchísimas cuestiones sobre las que la administración no ha tenido capacidad de actuar. Esto es una evidencia y nadie puede negarlo. Lejos de confinarse en si mismas, las ong´s han intentado no dejar a nadie a su suerte a pesar de las múltiples dificultades. Hemos actuado en base a la previsión de recursos que nos podían ir llegando, a aquellos que ya teníamos concedidos y a la solidaridad de la gente e instituciones privadas. Abriendo vías de colaboración entre entidades y municipios.
Hemos entendido que la Consejería de Bienestar y Derechos Sociales tenía un frente complejo con todo lo relacionado con Residencias de Mayores. Pero lo que no nos esperábamos es que en mitad de un año como este, donde la singularidad y necesidad de recursos destinados a la intervención social es tan evidente, se crea que reducir a 0 el presupuesto aprobado y proyectado en el plan estratégico de subvenciones para las convocatorias generales de voluntariado, infancia, inclusión social, discapacidad y mayores, es una buena y oportuna decisión. En un año donde la acción del voluntariado ha sido más necesaria que nunca, que ha requerido de la vertebración de redes de solidaridad y apoyo social, que no se han tenido en cuenta las necesidades y espacios para niños, niñas y adolescentes, que requiere de actuaciones específicas para vencer el aislamiento y riesgos que rodean a personas mayores y a personas con discapacidad… precisamente este año. Es de tal obviedad lo inoportuno de esta decisión.
Pero en lo que no nos estamos deteniendo ante esta decisión, es en la segunda cuestión que apuntaba. Si algo ha puesto de manifiesto la pandemia y la declaración del estado de alarma, es que necesitamos una sociedad activa, conectada, participativa. Una sociedad que tenga capacidad de organización, que quiera, sepa y pueda dar respuesta a las necesidades y a los diferentes factores de riesgo que nos podamos encontrar.
Y para ello se necesitan proyectos con alma, territorios con garra y contextos vivos, dinámicos y solidarios. Se necesita flexibilidad, liquidez, lo que mi güela siempre dice: «remango». Se necesita un ecosistema donde convivan servicios públicos, programas y proyectos consolidados que requieren de un marco más estable de apoyo público e iniciativas y proyectos que se gestan en el marco de convocatorias que permiten poner en marcha y testar proyectos asociativos y de intervención nuevos, disruptivos. Se necesita caldo de cultivo. Esta reflexión sobre los mecanismos de sostenibilidad de servicios públicos y de programas y proyectos de intervención es muy importante y está pendiente. Y lo está, por que está pendiente saber que queremos cultivar. Está pendiente construir una estrategia que nos marque si queremos ir hacia modelos de transformación, socioeducativos, comunitarios y de empoderamiento. Está pendiente tener una mirada amplia e inclusiva de lo que es el tercer sector, conociendo y reconociendo su papel; no ciscunscribiéndolo únicamente a la prestación de servicios y sabiendo que en su mayoría está conformado por pequeñas agrupaciones de personas y movimientos sociales, culturales, deportivos, vecinales… que voluntariamente construyen sociedad.
Homogeneizar es caer en los errores que hemos estado cometiendo durante muchísimos años. El reto radica en potenciar y cultivar la diversidad para tener un gran ecosistema que nos permita avanzar y vencer las desigualdades; que nos permita estar activos y habilitar entornos de cooperación y desarrollo que multipliquen. Cercenar lo micro nos hace menos cercanos y conocedores de la realidad. Todos y todas necesitamos ser un poquito más como mi suegro, capaz de ver en un trozo de tierra seca todo el potencial de vida que tiene. Una persona que podría comprar tomates, pero prefiere plantarlos y compartirlos con su familia y amigos.
Yo espero que seamos capaces de reconducir una situación como ésta. Un jarro de agua fría tras tanto remar que merma de ilusión a quienes estuvimos luchando tanto durante estos meses. Y espero y confío que se reconsidere la situación. Que empecemos a construir la Asturias del futuro, con cuantas más manos mejor. Por que solo así podremos hacer algo realmente significativo e importante. Solo así podremos cultivar una Asturias social.