Acabo de llegar a casa tras observar como mucha gente en Cataluña ha salido a la calle. He podido hablar con personas que votaban por el sí, personas que votaban por el no, personas que no querían votar; andaluces, extremeños, gallegos, catalanes… Pero todas ellas con una idea clara: “queremos votar”.
He visto la ilusión en sus caras, la emoción de aquel que siente que no le quieren escuchar. A las ocho de la mañana, los colegios y locales que abrirían sus puertas a las 9, contaban con decenas de personas esperando pacientemente. Eran conscientes que la policía podía llegar… ¿Qué harían?… Tenían claro que su respuesta nunca sería la violencia… Pero, ¿la policía?…

Yo les tranquilizaba. Seguro que no pasa nada. La votación ha sido declarada ilegal, lo que estáis haciendo es un ejercicio de empoderamiento ciudadano. Vendrán, levantarán acta… y que la justicia valore a posteriori. A los pocos minutos, mi sorpresa fue mayúscula… me llegaban mensajes de amigos en colegios de Barcelona que no salían de su asombro ante los golpes y porrazos. El saldo de su actuación fuera de lugar totalmente. Las imágenes están ahí. Cuando un estado tiene que apelar a la violencia para imponer lo que considera justo, algo no está funcionando.
Camino a casa intervenía el presidente del gobierno. Visto lo visto hoy, antes de empezar su intervención esbocé un deseo… por favor, que diga: a partir de mañana se empezará a trabajar para garantizar que la voluntad de todos los catalanes será escuchada. Que pondrá sobre la mesa el modelo territorial para que toda la gente que vivimos en este país podamos sentirnos parte de él.
Inspiré y empecé a escuchar su declaración. Mi desilusión fue mayúscula… me llené de tristeza. La realidad nunca se puede transformar o mejorar cuando se desconoce o niega. Y el discurso de nuestro presidente no recogía ni un ápice de realidad de lo ocurrido hoy. Creo que no somos conscientes del momento que estamos viviendo. Creo que toca rebajar la necesidad de posturear, de decir lo que “unos” u “otros” quieren escuchar. Todo esto constata una falta de capacidad política y calidad democrática tremenda. Este es el problema actual… ¿cómo hemos llegado a esto?… (unos dicen que son otros, aquellos que son esos, los otros que son aquellos y esos…) mientras nos perdemos en eso, no construimos. Los efectos de estas actitudes pueden desembocar en episodios más graves. Cuando crece el odio en un lado y la ilusión se frustra o transforma en rabia en otro, el cóctel es muy peligroso. ¿Realmente queremos eso?, yo no.
Tengo claro que la convivencia no se consigue con el inmovilismo. Se necesita construir una España inclusiva, real, respetuosa con su riqueza lingüística, cultural… con lo que es realmente la historia de España. Pero acciones y reacciones como las de hoy no ayudan… mensajes de odio en redes, tampoco… discursos de líderes políticos que niegan el sentir de la gente, menos… Por favor, dialoguen, avancen en la mejora de nuestra democracia, empiecen a conocer y reconocer la realidad, es la única manera de construir.
